Atril iluminado en un escenario

Lala Pasquinelli: cómo se sostiene un proyecto propio durante diez años

Lala Pasquinelli es abogada, escritora y fundadora de Mujeres que no fueron tapa, un proyecto que sostiene desde hace una década y por el que la BBC la incluyó entre las 100 mujeres más inspiradoras del mundo. En esta conversación cuenta el detrás de escena de un proyecto propio: cómo se arma una campaña que terminó reuniendo a 24.000 participantes, por qué desconfía de la palabra viral, qué hizo cuando dejó de moderar su forma de decir las cosas, y cómo siguió trabajando durante los nueve meses en que la trató de un cáncer de mama.

La entrevista completa toca los temas de su libro. Esta versión se concentra en la parte que le sirve a cualquiera que esté construyendo algo propio y quiera que dure más de un verano: el trabajo invisible detrás de lo que parece un golpe de suerte, y los espacios que hacen falta para sostener una idea impopular.

Quién es Lala Pasquinelli

Abogada, poeta y activista feminista argentina. Fundó Mujeres que no fueron tapa, un proyecto que cuestiona los estereotipos de género en la cultura masiva, y el festival Hackeo de Estereotipos en escuelas. Creó la campaña Hermana, soltá la panza, dio una charla TEDx, publicó varios libros y en 2023 la BBC la incluyó en su lista de las 100 mujeres más inspiradoras del mundo. Por sus talleres pasaron miles de mujeres a lo largo de diez años.

Episodio de Tiene que haber algo más publicado el 22 de abril de 2024. Puedes escucharlo completo en la página del episodio de Lala Pasquinelli, en Spotify o en YouTube.

¿Qué se lleva quien lee esta entrevista?

  1. El método detrás de una campaña que parece espontánea: cuatro a cinco meses de duración, iteración constante y una comunidad construida durante años.
  2. Una posición clara sobre las ideas: la parte difícil está en materializarlas y sostenerlas, y por eso contarlas no cuesta nada.
  3. Qué son los espacios de legitimación y por qué, según su experiencia, casi nadie puede sostener en soledad una idea que va contra la corriente.
  4. Lo que cambió cuando dejó de suavizar su forma de decir las cosas, medido en el crecimiento del propio proyecto.
  5. Una teoría del cambio de vida sin épica: gestos pequeños que van dando confianza, en lugar de un golpe de timón.

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¿Cómo se arma una campaña que reúne a 24.000 personas?

Magali: Hermana, soltá la panza convocó a miles de mujeres a mandar fotos de sus panzas reales. ¿Cómo se arma una campaña que funciona así?

Lala: Nosotras venimos trabajando estos temas desde hace muchos años, sobre todo el de la belleza, y ese trabajo constante te construye una audiencia. La campaña se hizo dos veranos seguidos y terminaron participando cerca de 24.000 mujeres.

Cuando pensamos una campaña, nuestro marco es la idea del hackeo. Uno de los textos a los que volvemos es el manifiesto hacker de McKenzie Wark. En este caso queríamos hackear la lógica de las redes sociales: la campaña duró casi cinco meses en la primera edición y cuatro en la segunda, que es algo rarísimo para redes, donde tenés que estar todo el tiempo hablando de la coyuntura.

El desafío era generar una conversación profunda que saliera de las redes, rebotara en los medios de comunicación y, al rebotar ahí, llegara a otros públicos. Eso fue lo que pasó. Y para eso necesitás tiempo: no es una publicación, ni dos, ni ocho. Necesitás una conversación que se sostenga.

¿Se puede saber de antemano qué va a funcionar?

Lala: A veces existe la fantasía de que estas campañas se hacen virales porque la pegaste. En nuestra experiencia, no funciona así. Hay mucho trabajo atrás, hay insistencia, hay muchas maneras de convocar y hay mucho ensayo y error para ver qué hace que las personas se sientan invitadas a participar.

Te doy un ejemplo concreto. Cuando empezamos a pedir fotos de los cuerpos tal como son, lo primero que llegaba eran fotos de chicas muy jóvenes con cuerpos que encajan en el ideal, o cuerpos sin cabeza. Porque es muy difícil ponerle tu cara a un cuerpo que no encaja. Eso no servía para lo que buscábamos, así que tuvimos que ir cambiando la conversación para construir orgullo sobre esos cuerpos, y recién ahí las que participaban sintieron que era importante ponerles la cara.

Vamos iterando todo el tiempo, y no pasa nada. A mí no me hiere el ego que algo que pensé que iba a estar bueno no funcione. Ninguna de nosotras tiene la bola de cristal. Creo en el trabajo, en testear las ideas y en proponerlas con honestidad.

«Nadie sabe lo que va a funcionar. Por eso tenemos que hacer las cosas rápido, tirarlas al mundo, ver qué pega y qué no.»

¿Cuál es la parte difícil de una idea?

Lala: Yo tengo 48 años y hace un rato me caí de la idea de que hay personas brillantes y de que existen las ideas geniales. Todos tenemos ideas. Lo difícil es llevarlas a la práctica, materializarlas. Todo el tiempo te encontrás con gente que tiene ideas buenísimas, y bueno, llevala a la práctica y contame.

Hay algo que me detona bastante, y es cuando alguien viene y te dice: tendrían que haber hecho tal cosa. Hacelo vos y contame. Estas son mis ideas y de esta manera las llevo a la práctica. Si para vos había que hacerlo de otra manera, arrancá.

Magali: A quien piensa que no puede contar su idea porque se la van a robar: yo construí un negocio durante años, robame la idea de hacerlo vos y dedicarle los próximos diez años de tu vida hasta que funcione.

Lala: Claro. Materializar es muy difícil, y sostenerlo durante mucho tiempo es la parte más difícil todavía. Una vez lo hacemos todos. Hacerlo todos los días, o todos los meses, o durante muchos años, es otra cosa.

Ese punto aparece una y otra vez en el podcast, con distintos oficios. Lo reunimos en el artículo sobre emprender sin dejar tu trabajo, donde seis invitados cuentan cómo hicieron el cruce.

¿Qué hace falta para sostener un proyecto propio durante diez años?

Lala: Espacios donde tu forma de pensar sea validada por otras personas. Cuando empecé con Mujeres que no fueron tapa trabajaba sobre cómo aparecían las mujeres en las tapas de las revistas, desnudas y sexualizadas, mientras los varones aparecían vestidos y hablando de su trabajo. Hace diez años eso era novedoso de ver.

Si yo no hubiera tenido la legitimación de un montón de compañeras que me invitaban a sus espacios, a universidades, a colegios, a radios, y de una comunidad de personas que empezaban a llegar y decían «yo también pensaba esto, pero creía que lo pensaba sola», no sé si hubiera podido seguir diciéndolo.

Yo no soy la misma persona que era hace diez años, cuando empezaba a decir estas cosas tímidamente. Hoy tengo mucha más confianza en mi voz, en mis ideas, en mis procesos de pensamiento. Me reconozco autoridad en lo que pienso y en lo que digo, y eso lo fui ganando con el tiempo, gracias a que mi voz fue legitimada por otras personas.

Muy pocas personas pueden ir contra el pensamiento de su época en soledad. Para las personas comunes, encontrar esa tribu es indispensable. No quiere decir un grupo de amigas: quiere decir compañeras con las que compartís espacios donde, en lugar de decirte que exagerás, te dicen que tenés razón y que sigas.

Ese punto tiene una traducción práctica para cualquier carrera. Sobre cómo se construye esa red cuando ya sos adulto, en el blog está la guía para expandir tu círculo social.

¿Qué cambió cuando dejó de suavizar su voz?

Lala: Yo soy una encajadora serial, lo quiero decir porque si no parece que salí de otro lugar. Hice todo lo que había que hacer, todo. Y al principio de Mujeres que no fueron tapa estaba muy tomada por el mandato de la amabilidad, de encajar, de ser buena, de decir las cosas de la mejor manera.

Existe la creencia de que hay una forma de decir algo que a todo el mundo le molesta, y que si lo decís bien, no le va a molestar a nadie. Eso es mentira. Enunciar la opresión te convierte a vos en el problema, lo dijo Sara Ahmed.

Al principio yo intentaba decirlo de la mejor manera, amable, y no funcionaba, porque yo me sentía incómoda diciendo de forma contenida algo que quería decir de forma contundente. Para unos era poco y para otros era mucho.

Cuando pude autorizarme a decirlo a mi manera fue una liberación total, y el proyecto creció muchísimo. Cuando me pude reconocer esa autoridad, cuando me pude legitimar a mí misma y fui a buscar esos espacios de legitimación. Aparecer en el mundo con mis particularidades, que a algunos les pueden gustar y otros pueden odiar, fue mi mayor riqueza.

«Cuando pude autorizarme a decirlo a mi manera fue una liberación total, y el proyecto creció muchísimo.»

Ese reconocimiento de la propia autoridad tiene un pariente cercano en el mundo del trabajo, y es la dificultad para atribuirse los logros propios. Lo tratamos en la guía sobre el síndrome del impostor.

¿Por qué el mismo mensaje se juzga distinto según quién lo diga?

Magali: Me pasa cuando doy charlas ante audiencias grandes: por ser asertiva parece que estoy enojada, o agrandada, o que trato mal a la gente.

Lala: Lo que yo hago en esas situaciones es preguntarme cómo se juzgaría esa misma actitud, con esas mismas palabras, si la dijera un varón. Seguramente sería un genio, inspirador, fantástico.

El reconocimiento de la propia autoridad es algo que a los varones se les enseña y se les estimula, y en las mujeres recibe disciplinamiento. Cuando alguien señala una violencia, aunque sea sutil, lo que aparece es que lo tendría que haber dicho mejor, como si el problema fuera la forma y no la violencia.

Más allá de lo doloroso que es reconocerlo, está bueno saber que funciona así, porque entonces no sos vos el problema. Es una mirada social sobre el hacer de las mujeres. Y si entiendo que es un sistema, puedo decidir cuáles son los costos y los beneficios de no funcionar como se me exige. Si no lo entiendo, me voy a quedar pensando que soy yo la que lo hace mal y me voy a seguir forzando.

A mí también me sirve, cuando no tengo claro quién está desubicado en una situación, hablarlo con una amiga que haya visto la escena.

Del lado de las organizaciones, este tipo de sesgos es exactamente lo que intentan corregir las políticas de inclusión que funcionan. Sobre cómo se aplican de verdad, escribimos la guía sobre inclusión laboral.

¿Cómo escribió el libro y qué pasó en el medio?

Lala: El libro se fue escribiendo durante diez años, porque las ideas se fueron construyendo ahí. Pero cuando algo depende solo de vos lo vas pateando para adelante. Cuando tenés una fecha, lo hacés. Yo funciono así.

Cuando me contrató la editorial y empecé a organizar las ideas, me diagnosticaron cáncer de mama. Fue muy fuerte, porque la primera vez que te dicen cáncer, lo que escuchás es que te vas a morir. Y ahí había que hacer un montón de cosas que no tenían que ver con escribir el libro, tenían que ver con curarme.

Me planteé un objetivo: atravesar ese proceso con la mayor aceptación posible. Aceptar lo que estaba pasando y aceptar lo que podía pasar. Trabajé mucho sobre eso, con una terapeuta, en un tipo de terapia que se llama terapia narrativa, que sí me sirvió. Todo el proceso me llevó unos nueve meses, entre dos cirugías, tratamiento y radioterapia.

Al mismo tiempo estábamos haciendo la primera campaña de Hermana, soltá la panza, y eso me ayudó muchísimo, porque estaba muy ocupada y muy compenetrada. Trabajar en lo que me gusta me ayudó un montón.

Y aparece la conversación con los pendientes. Una de las primeras cosas que pensé fue: qué cosas que creía que tendría que haber hecho no hice. Una era escribir un libro. Y después pensé: a quién le importa un libro mío, no voy a cambiar el mundo con un libro, está todo bien.

No creo en eso de que el cáncer te enseña cosas. Preferiría no haberlo tenido y preferiría no aprender nada, porque es una pedagogía muy cruel. Lo que sí es cierto es que, como toda experiencia distinta, si estás en un estado reflexivo, te trae cosas que antes no habías pensado.

¿Cómo cambia realmente una vida?

Lala: Yo no creo en nada épico. No creo en la hazaña de patear el tablero. Quizás si tenés muchos recursos económicos y muchas cosas dadas podés, pero la media no los tenemos.

Los procesos de transformación son mucho más de a poco, con gestos pequeños que nos van haciendo ganar confianza y nos van llevando a otros lugares. Va bastante en contra de la narrativa del cambio de vida, pero yo no lo viví así, y las historias que conozco de gente que no viene de tener muchas seguridades dadas son casi todas de ese orden.

Y el final tiene que ver con las preguntas: cuáles son los silencios que tenés que romper, cuáles son los acuerdos que tenés que repactar. Ese camino hacia la autoridad propia después redunda en lo demás, incluido el trabajo. Es un momento difícil para el trabajo en el mundo, y aun así se trata de ir encontrando los lugares donde podamos hacer las cosas sintiéndonos lo más a gusto posible, y que nuestros proyectos florezcan.

«Los procesos de transformación son de a poco, con gestos pequeños que nos van haciendo ganar confianza y nos van llevando hacia otros lugares.»

Sobre la decisión de irse de un lugar que ya no da, el podcast reunió lo que contaron ocho invitados en la guía sobre cuándo renunciar a tu trabajo. Y si el próximo paso es una búsqueda concreta, todas las semanas se publican vacantes remotas abiertas a América Latina en la bolsa de trabajo remoto de Tiene que haber algo más.

Vale una nota sobre el fondo del asunto, porque hay medición reciente: hablar en público y la gestión de conflictos aparecen entre las habilidades que más crecen en el mercado según Skills on the Rise 2026 de LinkedIn, donde siete de los diez primeros puestos son habilidades blandas. La capacidad de decir lo propio con claridad dejó hace rato de ser un tema exclusivo del activismo.

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Nota sobre esta transcripción: el texto está editado a partir del audio del episodio para que se pueda leer. Se quitaron muletillas, repeticiones y los cortes publicitarios, y se ordenaron las respuestas por tema. Se respetó el sentido y el registro de lo que dijo cada una. No es una transcripción literal palabra por palabra.

Fuentes

  • Episodio de Tiene que haber algo más con Lala Pasquinelli, publicado el 22 de abril de 2024.
  • LinkedIn, Skills on the Rise 2026: siete de las diez habilidades que más crecen son habilidades blandas, entre ellas hablar en público y la gestión de conflictos.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Lala Pasquinelli?

Es una abogada, poeta y activista feminista argentina, fundadora del proyecto Mujeres que no fueron tapa, que cuestiona los estereotipos de género en la cultura masiva. Creó la campaña Hermana, soltá la panza y el festival Hackeo de Estereotipos en escuelas, publicó varios libros y en 2023 la BBC la incluyó entre las 100 mujeres más inspiradoras del mundo. Pasó por el podcast Tiene que haber algo más en abril de 2024.

¿Cómo se sostiene un proyecto propio durante años?

Según su experiencia, con tres cosas. Trabajo sostenido sobre el mismo tema, que es lo que construye una audiencia. Iteración constante, probando formas de convocar y dando de baja las que no funcionan. Y espacios de legitimación: personas y comunidades que validan una idea que va contra la corriente, porque muy pocos pueden sostenerla en soledad.

¿Cómo se arma una campaña con mucho alcance?

Pasquinelli describe una campaña de cuatro a cinco meses, mucho más larga que el ciclo habitual de las redes sociales, pensada para que la conversación crezca, rebote en medios masivos y llegue a públicos nuevos. Detrás hay años de trabajo sobre el tema, una comunidad ya construida y mucho ensayo y error para encontrar qué hace que la gente participe. Su campaña Hermana, soltá la panza reunió cerca de 24.000 participantes.

¿Por qué dice que las ideas valen poco?

Porque, en su lectura, todos tenemos ideas y la parte difícil está en materializarlas y después sostenerlas durante años. Por eso no le preocupa contarlas: quien quiera tomarlas tiene por delante el trabajo real, que es llevarlas a la práctica todos los días durante mucho tiempo.

¿Qué son los espacios de legitimación?

Son los ámbitos donde una idea propia recibe validación de otras personas: invitaciones a hablar, comunidades que confirman que el planteo tiene sentido, colegas que acompañan. Pasquinelli sostiene que son indispensables cuando alguien piensa por fuera de lo esperado, y que gracias a ellos ganó confianza en su voz a lo largo de diez años.

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